Por: Victor Romero-Rojas
Victor Romero-Rojas, Investigador Asociado del Núcleo Milenio DISCA. Académico Escuela de Teatro UC y Centro UC Síndrome de Down. Doctor en Psicología Social y Política (Universidad de Chile).
Publicado originalmente en Wazu.cl
Bordar es recordar con las manos. Actuar en la calle es ocupar con el cuerpo un espacio que alguien decidió que no te pertenecía. Dos acciones que comparten algo esencial: la convicción de que lo que se hace en colectivo y en público tiene la capacidad de disputar algo en el mundo.
Esta disputa se expresa con nitidez en el artivismo disca chileno: la Compañía de Teatro Visión Imposible, de personas con discapacidad visual en Punta Arenas, irrumpiendo en una plaza sin solicitar compasión ni aplauso; y el Colectivo Nacional por la Discapacidad, que con las Bordadoras de Villa Frei en Santiago desplegaron un lienzo colectivo para reclamar un lugar en la memoria de los 50 años del golpe. En ambos casos, se fracturó la convicción de que sus cuerpos estaban ahí para interpelar.
Las artes realizadas por personas con discapacidad se suelen leer de manera reduccionista: expresión terapéutica, testimonio emotivo, generosidad del sistema. El valor terapéutico del arte es real, pero el artivismo disca no cabe en esa categoría porque no busca sanar en privado, sino disputar en público. No pide un lugar en el sistema cultural: revela cómo es fundamentalmente excluyente y capacitista.
La psicología social crítica denomina a este proceso subjetivación política. Alguien a quien el sistema ha tratado durante décadas como incapaz de decidir o crear, que sale al espacio público a exigir ser visto en sus propios términos, no está haciendo terapia, sino reconfigurando (conscientemente) los términos de su existencia social. En lo cotidiano, son colectivos paradójicamente normales que discuten y coordinan. Convertirlos en figuras inspiracionales es una forma refinada de despolitizarlos.
En el tiempo que habitamos, donde los derechos retroceden con argumento técnico y la representación política parece insuficiente, estas prácticas producen comunidad, deseo y resistencia al asistencialismo y la idea de que hay vidas prescindibles, disputando lo que se considera posible, legítimo y visible.